viernes, 27 de febrero de 2009

Un lindo pájaro llamado MANU

Era tarde, y la sala del médico continuaba abarrotada. Manu estaba sentado en el váter con las manitas apoyadas en sus rodillas juntas, con la cara aburrida, sin mostrar ningún esfuerzo.

- Va... acaba ya. - Le insistí.

Pero como si no me hubiese escuchado, me miró con esos ojos negros de forma de avellana y me preguntó: - ¿Cuándo yo era pequeñito así - acercó sus manos hasta casi tocarse, arqueando las palmas y formando un semicírculo casi perfecto - me cogías en brazos?.

La pregunta me llegó al corazón como una pequeña lanza y, en un primer instante, no pude articular palabra alguna. Pero entonces me agaché, coloqué mi cara a la altura de la suya, le acaricié la mejilla y le susurré bajito - Sí, claro que sí. Pero eso te lo contaré tranquilamente cuando lleguemos a casa, ¿vale? Porque tú eres un niño especial, y debes conocer tu historia -.

Y fue al cabo de tres horas cuando se la relaté:




Había una vez un gaviotín apizarrado que se llamaba Manu Tara, un nombre que también habían ostentado su padre, su abuelo, su tatarabuelo, y un sinfín de generaciones anteriores de gaviotines apizarrados. Manu Tara pertenecía a un género de aves de pico negro muy puntiagudo y alas en forma de arco que, desde tiempo inmemorial, habían hecho siempre lo mismo: viajar sin descanso desde la isla remota de Rapa Nui hasta la capital de Chile, Santiago, con el fin de encontrar una gaviotina del sexo opuesto con la que poder entablar una relación de bonito amor.

La mayor parte de los gaviotines apizarrados tenían suerte. Llegaban exhaustos a la capital, y tras un par de días de descanso y turismo por los tejados de la ciudad se acercaban a una zona muy alta de uno de los cerros llamada el claro Mamari. Allí se encontraban ellos y ellas, disertaban, se comunicaban, se conocían, decidían si querían tener descendencia, y con un poco de suerte, planificaban una vida juntos y volver a Rapa Nui para vivir con tranquilidad el resto de sus días.

Manu Tara estaba a punto de partir de la isla hacia el continente. Era el gaviotín más entusiasmado porque era un pájaro especialmente sensible. Al contrario que sus amigos y compañeros de viaje, Manu Tara se emocionaba con facilidad observando las maravillas que le brindaba la naturaleza. Era capaz de percibir toda la belleza del paisaje y sentir la energía de ese universo: los rayos de sol filtrándose y chispeando por las nubes del atardecer, los cerezos que florecen de repente sólo durante 2 días al principio de la primavera, el pausado vaivén del mar acariciando las rocas de la costa... La belleza singular de tantas y tantas cosas explotaba en su corazón y no podía evitar llorar, con unas lágrimas gruesas, enormes y brillantes.

Emprendieron el viaje a finales de noviembre. Pasaron el tedio del mar uniforme, y les sorprendieron algunas tormentas, pero al cabo de 20 largos días vislumbraron por fin tierra, y llegaron al continente. El grupo de gaviotines estaba cansado, así que decidieron aterrizar en Coquimbo, un pequeño pueblo de la costa, para reponer fuerzas y ver si pescaban algo de comida.

Y fue entonces cuando la vió. A unos cientos de metros de un banco de peces donde se arremolinaban sus compañeros de viaje, se erguía una flor extraordinaria, de pétalos muy lisos de color naranja intenso, abierta hacia el cielo, y grande, muy grande; un ser tan y tan bello que Manu Tara se estremeció. Paró en seco y se alejó de su grupo para acercarse tímidamente a aquella flor, acariciando con su pico sus pétalos con suavidad extrema.

- ¡Uy, me haces cosquillas!

Manu Tara dio un respingo. No esperaba una reacción tan inmediata. - Hola, perdona.

- Puedes seguir rascándome, no te preocupes. Desde que he llegado no suelo tener demasiada compañía.

- Ah, ...- Manu Tara no sabía qué decir. La mera presencia de aquella flor le turbaba - Este... Soy Manu Tara, ¿y tú? - Estuvo contento de romper el hielo.

- Yo soy Ínei. Eres un gaviotín apizarrado ¿verdad? Conozco vuestros viajes. Solamente llevo aquí unos días, pero ya he visto pasar algunas bandadas como la tuya. ¿Para qué venís?

- Venimos a buscar ... - Manu Tara se acobardó, pero siguió hablando - Venimos a buscar esteee... novia.

- Y ¿por qué venís tan lejos? ¿No hay chicas en vuestra isla?

Manu Tara le contó que sí, pero que esa era la costrumbre de los gaviotines. Luego Ínei le explicó que las flores como ella son muy frágiles, que nacen a finales de la primavera, que es una especie protegida, y precisamente por ello se siente segura, pero muy sola. Y a medida que avanzaba la conversación Manu Tara sentía una atracción cada vez mayor por aquel ser tan delicado, pero a la vez tan seguro y firme.

- ¡Manuuu. Nos vamos ya! - le gritaron sus compañeros.

- Empezad a volar sin mí. Os alcanzo enseguida. - Les gritó Manu incapaz de moverse.

Tan incapaz fue que pasaron las horas y allí seguía el gaviotín apizarrado, inmóvil al lado de Ínei, hablando de lo maravilloso que puede llegar a ser el mundo, de las tonalidades de la luz del sol del ocaso, de la suavidad de la brisa marina al mediodía, de los sonidos que emiten ciertos escarabajos en aquella duna, de lo bonito que es el entorno, y de lo maravilloso que es compartir con alguien conversaciones de aquel estilo. Y Manu Tara fue incapaz de moverse durante horas y horas, y días enteros, porque su corazón le pedía estar ahí quieto, junto a la frágil y hermosa Ínei, compartiendo su amor por la vida, su amor por el entorno que les cubría, su amor por ... ellos mismos.

Porque sin darse cuenta, Manu Tara se había enamorado.

Pasó un tiempo indefinido. Días y noches enteras. Manu pensaba en sus colegas, que seguramente estarían en aquel claro concurrido encontrando el amor de su vida. Sintió una pequeña punzada en el estómago porque su cabeza le decía que, como gaviotín apizarrado que era, tenía que irse con los de su especie, pero él sentía que no podía hacerlo porque el amor ya lo había encontrado.

Ahí estaba. Ínei. Ínei.

- ¿Sabes lo que significa Ínei? - le preguntó de golpe la flor al amanecer. El silencio de Manu le dio pie para proseguir - Significa "quieta" en Rapa Nui. - Se quedó en silencio de nuevo. El sol estaba saliendo. El cielo, todavía apagado, se pintaba de color dorado, y la brisa del mar les acariciaba con dulzura.

- No quiero estar aquí. Quiero volar como tú. Quiero ver el mundo, quiero conocer los cerros, quiero ver la nieve, quiero sentir la fuerza de la naturaleza tal y como me la has contado, quiero ir a la ciudad, quiero irme contigo. Si me quedo aquí me moriré.

- Per Ínei, no puedes salir. Estás en la tierra... Si... si te llevo conmigo podrías morir, podría pasarte algo.

- Si me quedo me moriré.

Ínei era fuerte. Bajo ese aspecto de flor frágil se escondía energía e intensidad. Manu Tara la miró con ternura. Sus ojos negrísimos, avellanados, se nublaron de esas lágrimas gruesas, enormes y brillantes, y acarició los pétalos de Ínei con su pico y su cara.

- Hazlo, Manu. Llévame contigo.

Y entonces Manu Tara, con un esfuerzo casi sobrenatural, tomó el tallo de Ínei con su pico, suavemente, y estiró poco a poco hasta que las raices de la flor comenzaron a desprenderse de la tierra. Una vez fuera, el cuerpo de Ínei se enrolló al lomo de Manu Tara, que sin mediar palabra emprendió el vuelo hacia algún otro lugar.

Y los dos volaron, juntos, fusionados en un amor intenso, eterno, profundo, un amor que les hizo sentir el universo entero dentro de ellos mismos, un amor que iba más allá de lo establecido, un amor entre un pájaro y una flor. Y su vuelo les llevó hasta las montañas de la cordillera, hasta la nieve, hasta algunos lagos hermosos, y hasta el claro de Mamara, donde un sinfín de gaviotines apizarrados se reunían y hacían un escándalo tremendo. Se posaron en un alto de aquel claro. Nadie les vió, pero ellos observaban en silencio. Manu Tara se sintió especial e increíblemente afortunado. Ínei se dio cuenta de ello y se apretó a él un poco más, con suavidad, dulzura e infinito cariño.

Y en ese momento álgido de tremendo amor, los ojos de Manu Tara se nublaron. Y dejaron caer una lágrima gruesa, abundante, profunda, una lágrima de felicidad, una lágrima llena de la energía y la fuerza de Ínei y la sensiblidad de Manu Tara, llena de vida y llena de amor. Y la lágrima cayó en la hoja de un roble que supo percibir lo que aquello significaba, porque se arqueó para protegerla, y le dió aliento mientras Manu Tara e Ínei, emprendieron de nuevo el vuelo camino de su universo.

El viejo roble siguió protegiendo aquella lágrima, que con el paso de los días comenzó a tomar vida, y empezó a transformarse poco a poco en una forma humana, hasta alcanzar el aspecto de un niño moreno, fuerte, sonriente, de ojos negros y avellanados.

Un día el niño abrió los ojos. El roble le tapó con sus ramas. Y en ese preciso instante, a unos cuantos miles kilómetros de distancia, una mujer soñó con una hermosa flor abrazada a un pájaro de pico negro que le decía que su hijo acababa de nacer en un lugar llamado "claro Mamari" en Chile, y le pidió que le pusiera el nombre de su padre: Manu. La mujer se despertó de forma inmediata, lo comunicó a su familia e inició la búsqueda de Manu en Chile.

Sólo bastó que una mañana un jinete a caballo que pasaba por el claro Mamari encontrase al pequeño. Estaba dormido y feliz porque el roble se había encargado de darle calor y sustento. Lo tomó en sus brazos, lo llevó a su casa, y lo cuidó durante un año, hasta que la mujer, su marido y sus hijos, Lúa y Nil, lo fueron a buscar.

Hoy Manu es feliz, porque tiene la sensibilidad de Manu Tara, la fuerza y firmeza de Ínei y el amor de su familia.

6 comentarios:

topten dijo...

Eres maravillosa, tienes una sensibilidad descomunal, manu estarà tan i tan contento de tener estya historia maravillosa...
Me has emocionado
anna

Carmen dijo...

La historia de Manu Tara en tierras del Rapa Nui es bellísima de un lirismo extraordianario como la poesía del pueblo mapuche. Has escrito una prosa poética muy hermosa y por ello te pido que la publiques en poetas universales donde vamos reocgiendo muestras de su literatura y tu relato bien merece estar allí

Me has hecho sentir orgullosa de ser tu madre.

Andrés dijo...

Es un cuento muy hermoso y lleno de sensibilidad. Es fantastico ver a Manu lo feliz que es, lo que disfruta con las cosas y como le espera una vida llena de oportunidades donde aprenderá con el tiempo a volar el solo y a entender su verdadera historia. Un beso. Alicia

Carmen dijo...

Ayer te mandé un coentario que por problemas de password no se grabó. Aprovecho el correo de Carmen para volverte a decir que me ha gustado mucho cómo has iniciado la información sobre sus orígenes a Manu quien creo sabe mucho más de lo que piensas (a mi me ha dicho que el viene de Chile...¿estás segura de que sus hermanos no le han explicado con crudeza toda la verdad en un momento de amor o de desamor?).

Si realmente no sabe más que lo que tu le dices, creo que la fórmula de irle introduciendo en extraordinariamente positiva en la inteligencia de que cada año debes de introducir nuevos capítulos en un libro cuyo final será toda la verdad, creo yo que no más tarde de los 12 años.Conozcocasos reales de adolescentes que descubren la no paternidad natural de los padres a los 15 años que les resulta imposible admitir su desconocimiento de la realidad.

La gran enseñanza de tu estrategia, creo, es la forma poética de transmitirlo y la dulzura y metáfora de la argumentación. La gotita de agua bajo un roble que es una lágrima de una flor arrancada y acogida amorosamente por una gaviota(que además es gaviotín) va a calar en la sensibilidad de un gran Manu adulto en el futuro.

Pienso María José que tus vivencias además te han dado la oportunidad de escribir muy bien en fondo y forma un primer cuento para niños de lo que puede ser un vacío literario mundial: cuentos de niños para padres e hijos. Piésalo bien vacía en elordenador todas tus sensibilidades. ¿Porqué no puede ser el gran futuro de tu profesión educativa?

Para nosotros ha sido una gran alegría verte conectada de nuevo a otros sentimientos de la vida y apreciar tu cultura, tu clase, tu estilo y tu amor por lo vivo que te quiere a tu lado cada día.

José Luis

MJ dijo...

Uf... Bueno :) Gracias a todo/as por vuestros comentarios. Para mí ha sido una bonita aventura también. Y sé que, de alguna manera, en otra dimensión, lo que cuenta esta historia, es verdad.

Un beso

Perla dijo...

Una historia que reinterprete la realidad con belleza y poesía nos puede llenar de paz y amor el alma...para siempre. Le has hecho un regalo inmenso (otro más) a Manu.
Te admiro mucho.
Perla